Te bajas del Autobús. Miras el horizonte y no lo encuentras, porque una cordillera inmensa de montañas lo oculta. Sientes frío y piensas que sería sabio abrigarte. Sabes que has venido a ese lugar por un viaje de estudios, pero te es inevitable abrumarte por la innumerable cantidad de cosas ajenas a ti que sólo pensabas que existían en cuentos que hablaran de alguna ciudad perfecta.

No consigues la basura en el piso, no hay “buhoneros” ni tampoco puestos musicales de esos improvisados que consigues cada tercio de cuadra por aquí, no hay “chorobuses”, no hay gente gritándose barbaridades de una esquina a otra, EXISTEN espacios verdes, la mayoría de las cosas son baratas, sin mencionar que la gente es amable, el clima es inmejorable, entre otras cosas que no logras percibir inmediatamente porque acabas de llegar.

Justo cuando estás a punto de convencerte de que estás soñando, lees un cartel que dice “BIENVENIDO A MÉRIDA, DISFRUTE SU ESTADÍA”. En ése momento vuelves a la realidad y cierras la boca para no parecer tonto.

Continúas con tu faena, un poco extrañado. Tienes tiempo para pensar, no estás sometido al eterno correr de una ciudad en movimiento; al contrario, te detienes a observar el paisaje. Como un concierto de Bach, la tranquilidad y la paz te invaden, cuestión un poco intrigante, porque ya no se tienen momentos así en éste siglo.

Llegada la noche, realmente no importa si decides caminar por las calles o visitar algún local de entretenimiento, ambas actividades son igualmente satisfactorias.

Se acerca tu partida y te sobrecoge un sentimiento de tristeza, pero concordando con el fenómeno mágico en el cuál te encuentras sumergido, ésta tristeza se transforma casi inmediatamente en alegría porque la providencia te permitió vivir semejante experiencia y la esperanza de volver termina de borrar la nostalgia del adiós.

Mérida, paraíso montañoso lleno de sorpresas.